06-05-2014  No cabe duda que el uso de todas las nuevas tecnologías de la comunicación tienen un valor indiscutible y un excelente potencial por desarrollar. Hoy por hoy, nos permiten, a nivel de usuario, aprender con ellas y obtener, filtrar y decidir qué información queremos que nos llegue. El problema subyace en no saber hacer un adecuado uso de la misma y, por tanto, tener que llegar a depender de ella sin ningún tipo de discriminación. Nos mueve, sin limitaciones temporales o físicas la constante curiosidad por saber lo que cada uno de nuestros interlocutores escribe o dice en los diferentes medios utilizados y por el interés por conocer qué desenlace o conclusión final se obtiene.

El precio que estamos pagando por no hacer un uso racional de toda esa información al mantenernos conectados en exceso en los diferentes frentes (familiar, profesional o social)  a través de las redes sociales no tiene una única y primordial lectura económica, sino que este abuso también se traduce, por un lado, en una merma considerable de nuestro tiempo y que nos impide dedicarlo a otros aspectos de la vida y, por otro, en costes de salud mental (incomunicación, aislamiento, tecnoadicción…) y/o física (tendinitis, irritación o fatiga ocular…).

F.P.