04-04-2014  Ya está bastante cuestionada la reputación de la clase política para que ante casos como el ocurrido ayer en Madrid con Esperanza Aguirre no nos quitemos de la cabeza la imagen de prepotencia, de abuso de poder, de corrupción y de tráfico de influencias que va asociada a los llamados representantes del pueblo. No todos son de la misma “casta” ni hay que meterlos en el mismo saco, pero no hay día en que no aparezcan noticias donde alguno de los calificativos señalados sean titulares en algún medio de comunicación.

Las encuestas ponen de manifiesto que los índices de aceptación de los políticos cada vez son menores y, aunque las personas adultas nos estamos habituando a asimilar y a sedimentar en nuestras mentes este tipo de acontecimientos, hay un colectivo, el de la juventud, que es más receptivo a tomar como ejemplo conductas como la de la expresidenta de la Comunidad de Madrid. Quizás, ahora vengan las lamentaciones, los perdones y las justificaciones, pero no cabe duda de que la mala imagen y la mala praxis, desde el punto de vista del civismo y de la pedagogía, ya han dejado su huella.

F.P.